Poesías
Niña y otoño
Las niñas bajan despacio la cuesta.
Mi hermana no pudo ir al colegio.
En un banco se besan dos adolescentes.
Mi hermana no pudo amar a nadie.
El otoño ha vuelto y ensucia las calles.
La tumba de mi hermana se llenará de polvo.
de Una flecha hacia la nada, 1994
Muerte y vejez
Diariamente, con una quieta
monotonía eterna, sin hacer
ridículas preguntas, los ancianos
se dirigen al mirador.
Se sientan en la desgastada madera
de los bancos, y de su silencio
hacen un brillante juego
de comunicación precisa.
Los ancianos creen verlo todo
y piensan que son las manos de Dios
lo que tienen ante su vista.
¿Cuánto tiempo les queda aún?
¿Cuánto podrán soportar sus ojos
el peso de este oquedal?
¿Qué quieren ver en realidad?
Miran sin ver lo que ya conocen,
y mientras recuerdan las copas
de los árboles que vigilaban su juventud,
o las manos tibias de su madre
acariciándoles el rostro, se resisten
a pensar que este puede ser
su último crepúsculo.
de Una flecha hacia la nada
Yolanda
Tenía quince años
y sabía bailar,
su padre se quedó dormido,
conduciendo.
Date prisa que ya empieza,
-me dice nerviosa-
y yo arrastro su silla de ruedas
hacia el televisor.
de Yolanda, 1996
Vagabundos
En la catedral del Westminster
al tiempo del crepúsculo
se reúnen vagabundos
con silencio de bolsas
y cadenas.
Sentados en los bancos
escuchan y maldicen, gritan,
comen lo que dejaron
basuras y turistas.
Les oigo gritar
desde mi habitación.
En invierno se matan
por mantas y por ropas.
de Patio interior, 1998
Colegio
Las mañanas de niebla
pasaban tras los cristales,
desde los pupitres verdes
veíamos a los viejos
caminar hacia los parques vacíos,
con sabor a tiza
se hacía blanca la soledad,
la fiebre,
dolía el rumor
de las viejas
escaleras marrones,
dolía la humedad
de las paredes grises,
el tiempo,
la infancia perdida
junto a bancos,
y palomas.
de Patio interior, 1998
agenda
nunca pensé
que mis amigos
morirían,
y sin embargo
voy tachando
nombres
en mi agenda,
como un pobre
solitario;
inútilmente
les espero
en los bares,
inútilmente
su voz
en el teléfono,
su carta
en el buzón,
dicen que la muerte
es algo
que solo
les pasa
a los demás,
mienten,
yo he muerto
con ellos,
tantas veces
de La soledad del corredor de fondo, 2004
el tren
el vagabundo
me da pena,
el hombre,
el niño
que espera
en la estación,
inútilmente,
a que su padre
regrese,
me parten
el alma,
sin embargo
a nadie
le preocupo
yo,
que soy el niño
de la estación,
el vagabundo
y el padre
de La soledad del corredor de fondo, 2004
Olaya
Olaya, un año y medio de casada
y ya estás de vuelta,
el viaje del amor ha sido
tan corto como oscuro
tu madre no sabe que contar
a las vecinas, tu padre
ha quitado ya su sillón de lectura,
y sus viejos libros de tu cuarto,
nadie quiere sufrir.
Pero para olvidar el amor
te harán falta un montón de pastillas,
los consejos de tu tío abuelo,
y un viaje a Praga
con tus padres
de Alcalá blues, 2006
Dámaso
Dámaso, viejo como el pan,
desde el balcón de sus noventa años,
se sienta en el banco del parque
y habla con los jóvenes,
Dámaso, vendedor
en las ferias, militar,
soldado y prisionero,
agente de seguros,
pasó hambre y pena,
amor y silencio,
sed de venganza,
la vida ha ido y ha vuelto
de tus ojos, Dámaso
miras la calle
que ha cambiado tanto,
miras el tiempo
como si ahora, por fin,
pudieras entenderlo todo
estarás en las hojas
y en las lluvias
del próximo otoño
de Alcalá blues, 2006
Gato viudo
Es sabido que los gatos tardan tres
o cuatro días en elegir un dueño
cuando llegan a un hogar,
pero este tardó seis horas
y eligió a una mujer
que nunca había querido un gato,
¿quién les orienta en tan ardua disciplina?
un instinto animal antiguo y poderoso
les guía sin error por semejante laberinto,
y era casi obsesión, la seguía,
la escuchaba, la miraba cocinar,
la buscaba en las sombras,
la llamaba en la noche,
ronroneaba en su puerta,
lamía sus manos, conocía
las telas suaves de sus vestidos,
se tranquilizaba en sus brazos,
vigilaba sus sueños, era un padre
felino y orgulloso, un novio
de ojos amarillos y verdes,
un hijo mimado y pequeño,
una compañía extraña, hilado
de bigotes, nocturno de ojos,
radiante siempre en su regazo,
no podré olvidar su lomo arqueado
y torcido, sus ojos brillantes,
cuando aquella mujer
al fin, volvía del hospital,
hasta que no volvió,
y el gato tuvo que tragarse
su ausencia pesada,
ahora, pasados dos
años de aquel invierno,
ya no maúlla dolorido,
viudo y solo, se tumba
en el diván, y la recuerda
mientras duerme.
de Ana Frank no puede ver la luna, 2010
Amo la vida
Amo la vida,
dejadme decirlo así como suena,
como un cohete, como una larga
piedra que rompe en la distancia,
amo la vida, y amo este dolor
que llevo en mi costado,
mi larga cadena, la lluvia
de decir adiós
demasiado pronto,
la vida no es nada, detrás
de cada hombre no hay nada,
si lo piensas, sólo el reloj,
y el amor a la vida.
de Ana Frank no puede ver la luna, 2010
Casablanca, 1941
¿Dónde está el dichoso bar americano?
he llegado muerto del viaje,
me salvará una copa de ginebra, amor,
pues no he sido feliz
y de ver tanta muerte
se me han borrado los ojos
al mirarme al espejo.
de Oh, siglo veinte
¡Oh, siglo veinte…!
toda la sangre del mundo
en tu vieja y descolorida cartera
en tu baúl de distancias
en tu húmedo bosque
lleno de voces
y sin embargo aquí estoy,
añorándote aún,
no sabiendo cómo vivirte
en este otro siglo,
que dicen nuestro
y que detesto.
de Oh, siglo veinte
Teatro-Circo (Cartagena, 1949)
hay cines en los que uno entra
y no sale nunca, y hay cines
a los que uno no puede entrar
y sin embargo lleva toda
la vida en el corazón mismo
del patio de butacas.
de Oh, siglo veinte
El último viaje del capitán Germán Roa
podrán ser seis siete ocho
días
sin ver el mar
al noveno me quedaré silencioso
como caído traspasado
por un rayo
turbio de luz
y tendréis vosotros
que llevarme
al mar
que ya será mío para siempre.
de Oh, siglo veinte
Ángel Sanz Briz
debería llevar una ciudad tu nombre
todos los parques donde juegan los niños
deberían llevar tu hermoso
increíble nombre
y escuchárselo entonces
a los pájaros que quieran
celebrar y celebrar
la vida.
de Oh, siglo veinte
Cuando Hitler robó el conejo rosa
hace ya tantos años,
ochenta y siete tendría
la hermana de Magrette
y lo peor no es la muerte
–asumamos sus ojos de niña
al final del camino–
lo peor es su vieja fotografía
décadas en el recibidor
como una inequívoca señal
de que algunas historias
no terminan de pasar nunca.
de Oh, siglo veinte
Las cartas del 36
Aquellas las tenía
mi abuela guardadas
en un cajón distinto:
las cartas del 36
a nadie las dejaba leer
y nadie supo nunca
qué decían sus viejas
e imposibles letras,
quisimos buscarlas:
ya fallecida y en ningún
sitio parecían estar
como si la muerte
permitiera llevarse
con ella secretos
y viejos papeles,
al final en un abrigo
un mes de enero
allá por 1994:
cuando hubo que recoger
las últimas cosas
ese día grotesco
de venta, notario
reparto y tristeza,
ya digo era invierno
y el estanque del Retiro
parecía una perla gris
húmeda y brillante,
allí tiramos las cartas
mi tío juan y yo,
rápido se hundieron
como un siglo entero
como un país, como
la vergüenza del hombre
que llora y pide
desde la nada
de su propio corazón.
de Oh, siglo veinte
Elogio del libro
a veces parece todo perdido para siempre
y lo siento por mi y por mi trabajo
pero yo me niego a vivir
en un mundo sin libros
moriré abrazado a uno,
el que más ame,
y solo de papel serán los sueños que me lleve.
de Oh, siglo veinte
Tristeza de amor
a Concha Cuetos
a veces queda la infancia
como metida en una serie de televisión
y ves en ella las calles que fueron tuyas
que se te rompieron en las manos
que brillaron como pájaros
en tu inocencia,
y la tienes que ver
de vez en cuando,
porque aun eres ese niño
que cruza la plaza
en 1985,
calle orense arriba el verano
ha llenado de voces la noche
y se respira un aire
que nunca ha vuelto
a veces, sí, amor,
qué hermoso es viajar contigo
a ese amargo dulce vivo y muerto
pasado que es el nuestro
y amamos.
de Oh, siglo veinte
El hacha del abuelo
Al comprar esta casa
el hombre oscuro turbio
delgado y siniestro
que nos la vendió
nos dijo: Todo para ustedes
solo quiero el hacha de mi abuelo,
la que cuelga en el cuarto de la leña.
Durante mi infancia, saliendo
de todas mis pesadillas
estaba el hombre aquel,
lleno de sudor y sangre
volviendo de mi casa
con el hacha en la mano,
luego llegó la guerra y estuvimos
diez años sin venir, mi
padre había muerto
y el mundo de la infancia
se deshizo como un viejo
ovillo entre mis manos
a todos nos sorprendió
que la casa estuviera igual,
llena de polvo eso sí,
con todo en su sitio
menos el hacha
que brillaba orgullosa
desde su propia ausencia
y mantenía abierto
el peor y más absurdo
sueño de mi niñez,
fíjense, fíjense, ahora
al pasar los ochenta años me acuerdo
más de todo aquello:
sobre todo del hacha,
porque la veo todas las noches
está aquí, aquí, más brillante
honda y larga que nunca:
rozando mi cuello.
de Oh, siglo veinte
Rival del sol
adoro a mi hijo, lo adoro,
es risueño y rubio, parece un garbanzo,
una fiesta en sí mismo, un fruto
soberbio y arrogante del amor,
la claridad más pobre e iluminada
cuando lo trajo su madre al hospital
lo miraba todo como quien ve un desierto de sombras,
una palabra torcida en el libro de la tarde…
me sonrió despacio, y corría
entre las sillas,
y esquivaba a los pacientes,
que como yo,
paseaban su pasado y sus dolores,
allí estaba, tierno y dulce,
chiquito y enorme,
una inmensa dalia del mar
llevaba en su sonrisa,
suficiente fue,
para amar de nuevo
este dolor y esta vida.